En el centro de esta historia encontramos a las sirtuinas, una familia de proteínas que participan en procesos fundamentales relacionados con la reparación del ADN, el control de la inflamación, la producción de energía y la supervivencia celular [2].

Podemos imaginarlas como un equipo de mantenimiento encargado de mantener en buen estado nuestras células. Sin embargo, estas proteínas necesitan un combustible indispensable para funcionar: una molécula llamada NAD+ (dinucleótido de adenina y nicotinamida).

El problema es que los niveles de NAD+ disminuyen progresivamente con la edad. A medida que esta molécula escasea, las células producen menos energía, reparan peor los daños acumulados y se vuelven más vulnerables al desgaste [2] [6]. Aquí es donde entra en juego el NMN.

2. NMN: el precursor del NAD+

El NMN es una molécula derivada de la vitamina B3, y el organismo la utiliza para fabricar NAD+. Diversas investigaciones han demostrado que los niveles de NAD+ disminuyen significativamente con el envejecimiento, afectando la función mitocondrial, la reparación celular y la actividad de las sirtuinas [2] [5] [6].

Al aportar NMN, proporcionamos a las células la materia prima directa para restaurar sus reservas de NAD+, ayudando a sostener procesos esenciales como: