Cuando los telómeros alcanzan un nivel crítico de desgaste —un umbral conocido como el Límite de Hayflick—, la célula interpreta que su ADN está en grave peligro de dañarse y activa un protocolo de emergencia: cesa su división y entra en un estado de senescencia celular.

Estas células senescentes, popularmente llamadas “células zombi”, se resisten a morir [6]. En lugar de ser depuradas, permanecen en los tejidos secretando un cóctel altamente destructivo de citocinas proinflamatoras, quimiocinas y metaloproteinasas, un fenómeno conocido clínicamente como el Fenotipo Secretor Asociado a la Senescencia (SASP) [6]. Esta bomba química desata una inflamación crónica de bajo grado que intoxica y envejece prematuramente a todas las células sanas vecinas.

La epigenética

Si el ADN es el hardware de nuestro cuerpo, la epigenética es el software; representa el sistema de control que decide qué genes deben expresarse (encenderse) y cuáles deben permanecer silenciados (apagados). Para que el manual de instrucciones genético no se lea de forma caótica, el ADN debe mantenerse perfectamente empaquetado y organizado alrededor de unas proteínas llamadas histonas.

Con el paso de los años, este empaquetamiento se afloja debido a la pérdida de marcas epigenéticas (un proceso denominado pérdida de la homeostasis de la cromatina), provocando que los genes asociados al envejecimiento y a la inflamación comiencen a leerse antes de tiempo. Aquí es donde las sirtuinas entran en juego como las verdaderas guardianas y bibliotecarias del genoma, encargadas de reparar las roturas del ADN y mantener los genes dañinos firmemente cerrados y silenciados [2].

La administración estratégica de NMN y resveratrol interviene directamente sobre este eje telómero-epigenético a través de mecanismos sumamente precisos: