A nivel molecular, los mogrósidos interactúan con los receptores del sabor dulce en la lengua (T1R2–T1R3), activando la señal sensorial sin comportarse como carbohidratos metabólicamente activos. Esta es la clave de su singularidad fisiológica: el cuerpo detecta el dulzor, pero no recibe carga energética.
A diferencia del azúcar común, los mogrósidos del Fruto del Monje atraviesan el intestino delgado de forma intacta sin ser absorbidos al torrente sanguíneo, lo que evita cualquier impacto en la glucosa o la insulina. No participan en la glicólisis, no estimulan secreción pancreática significativa y no alteran el índice glucémico de los alimentos en los que se incorporan.
Estas moléculas llegan directamente al colon, donde son metabolizadas exclusivamente por la microbiota intestinal. Allí, ciertas bacterias transforman los mogrósidos en metabolitos menores, proceso que no genera picos glucémicos ni respuesta calórica relevante. En consecuencia, el organismo percibe el dulzor sin procesarlo como fuente de energía.
Desde el punto de vista metabólico, el Fruto del Monje representa un fenómeno interesante: ofrece estímulo sensorial sin carga glucídica, sin respuesta insulinémica significativa y sin participación directa en las rutas energéticas celulares. Esto lo convierte en una herramienta estratégica dentro de protocolos de control glucémico, dietas cetogénicas o esquemas de restricción calórica.
En esencia, el extracto de Fruto del Monje permite disociar la experiencia del dulzor del impacto metabólico del azúcar tradicional, ofreciendo una alternativa en la que el placer gustativo no conlleva el peaje fisiológico asociado a la glucosa y la insulina.
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