Cuando consumimos azúcar real, el cuerpo la descompone y la convierte en glucosa, que pasa al torrente sanguíneo. Ese aumento de glucosa actúa como una señal de alerta para el páncreas, que responde liberando insulina. La función de la insulina es clara: escoltar esa glucosa hacia el interior de las células para que pueda ser utilizada como energía o almacenada.

Este mecanismo es natural y necesario. El problema no está en que exista, sino en su repetición constante y excesiva. Cuando día tras día el organismo se ve obligado a liberar grandes cantidades de insulina —por consumo frecuente de azúcares y carbohidratos refinados— las células comienzan a volverse menos sensibles a su efecto. Es lo que conocemos como resistencia a la insulina.

En ese punto, el páncreas debe producir todavía más insulina para lograr el mismo resultado. Se crea así un círculo vicioso que, con el tiempo, puede desembocar en síndrome metabólico, inflamación crónica de bajo grado y, eventualmente, diabetes tipo 2. La glucosa no es el enemigo; el desequilibrio sostenido sí lo es.

Sin embargo, al elegir alternativas que activan el receptor del gusto sin participar de ese destino metabólico, cambiamos por completo el escenario. Estas moléculas “engañan” la cerradura del sabor, permitiendo que el cerebro perciba dulzor, pero sin desencadenar el mismo impacto en la glucosa sanguínea ni exigir una respuesta significativa de insulina.

En términos prácticos, esto significa:

  • Menor carga glucémica.