La fase cefálica de la insulina
Aunque estos compuestos no son azúcares, el cuerpo tiene un mecanismo de “alerta temprana” que se activa en cuanto algo dulce toca la lengua. Este fenómeno se conoce como fase cefálica de la respuesta a la insulina. Antes de que el edulcorante llegue siquiera al estómago, los receptores de sabor dulce envían una señal eléctrica a través del nervio vago directamente al cerebro, informándole que viene en camino “energía en forma de glucosa”. El cerebro, actuando de forma preventiva para mantener el equilibrio, ordena al páncreas liberar una pequeña cantidad de insulina inicial para preparar el terreno.
Esta liberación es puramente anticipatoria y estratégica. Es como si el cuerpo enviara un pequeño “comité de recepción” a la puerta de las células para recibir un cargamento de energía que cree que llegará pronto. Cuando se trata de azúcar real, esta fase cefálica es solo el prólogo de una liberación masiva de insulina que ocurrirá cuando la glucosa entre al torrente sanguíneo. Sin embargo, con sustancias como la estevia, el Fruto del Monje o el eritritol, el cargamento de energía nunca aparece, dejando a ese pequeño pulso de insulina sin trabajo que realizar.
Lo que marca la diferencia crucial es que la insulina no sigue subiendo. Para que el páncreas secrete grandes cantidades de esta hormona, necesita una señal metabólica real: la presencia de glucosa circulando en la sangre. Como los glucósidos de esteviol, los mogrósidos y el eritritol no se absorben ni se transforman en glucosa, el sistema detecta rápidamente que no hay azúcar que procesar. Por lo tanto, la respuesta de la insulina se detiene en ese nivel mínimo preventivo y los niveles de glicemia permanecen planos. Al final, el cuerpo disfruta del sabor sin sufrir el impacto metabólico de una carga energética que nunca existió.
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