Menor estimulación insulínica.
Menor probabilidad de picos y caídas bruscas de energía.
Menor estímulo inflamatorio asociado a hiperglucemias repetidas.
No se trata solo de evitar calorías. Se trata de evitar el efecto hormonal en cascada que el exceso de azúcar produce en el organismo. El dulzor, en esencia, es una percepción sensorial; el azúcar, en cambio, es una ruta metabólica concreta que implica absorción, señal hormonal, almacenamiento y, si se repite en demasía, desregulación.
Aprender a distinguir entre ambos conceptos es un acto de educación nutricional que nos permite entender que no todo lo que sabe dulce actúa igual en el cuerpo. Y esa comprensión abre la puerta a decisiones más conscientes, más estratégicas y más alineadas con la salud metabólica a largo plazo. El placer del sabor dulce puede mantenerse; lo que debemos transformar es el impacto fisiológico que dejamos que lo acompañe, mediante la elección de endulzantes más saludables, como los que mencioné en este artículo. ¡Salud!
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